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sábado, 16 de junio de 2012

POEMA


Quiero compartir con ustedes uno de los tantos poemas escritos sobre esta experiencia. Lo escribí luego de tener en mi mano el exámen del patólogo -donde además de todos los datos científicos y técnicos, estaba la foto de un trozo de carne: la mama derecha extirpada-.  Ver esa foto, además de otras cosas, me causó mucho amor. Y por eso escribí este poema...
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He visto tantas veces la foto de ella desnuda
en su condición de órgano mutilado
ella con la piel surtidora
ella con sus bondades y sus pliegues
ella con su aureola vertiginosa
sus apetitos y sus fuentes
su eficacia
su fe

y ahora vamos de la mano
cual amantes reencontrados
ella siguiendo mi rastro
atesorada en el recuerdo
y yo tan solo con esta fotografía
impresa y arrugada en un papel bond

Si alguien la viera no lo comprendería
causa repugnancia o hasta pena
y yo lo que veo
es el rostro iridiscente de mi pecho
feliz y decapitado
sin tatuajes ni consignas



lunes, 16 de enero de 2012

POR UN PELO

El día que escribí el texto que titulé "Lo peor que podría pasarme" aún no sabía si me harían quimio o no y en mi mano tenía muchas más preguntas que respuestas. Atemorizada como estaba por todo lo que había leído y escuchado sobre las quimios, llegué a pensar que quedar calva era algo verdaderamente atroz... Mi hermana no entendía cómo perder el pelo podría afectarme tanto o más que la noticia de perder un pecho. Y por algunos días me vi calva, sin pelos y sin cejas y para reírme de todo aquello cantaba en mi mente "ay de mi, por el vino me veo así, por el vino perdí las cejas y por eso me llaman la descejaaaaadaaaa"...
Únicamente me calmé cuando -siempre en mi imaginación-  corté mi cabello antes de perderlo y tejí con mis propias manos una bella peluca de mi propio pelo. Esa imagen (la de mi pelo tejido con paciencia sobre una redecilla elástica) fue el agua que calmó la sed de esos días. Finalmente nunca ocurrió lo imaginado -por suerte no necesité quimio, ni radio y por consiguiente, nunca perdí mi cabellera- pero esa experiencia me hizo entender que el cabello que nos cubre, nos cubre como un manto y nos protege de la mirada exterior. Así que, desde entonces, rindo homenaje silencioso a todas las mujeres que, por razones parecidas, andan con sus pañuelos, sus pelucas o sus cabezas calvas, haciendo de la vida cotidiana una bella bandera.
Y aquí va mi post, que como verán, está dedicado a mis dos hijos...




LO PEOR QUE PODRÍA PASARME…
Esta mañana al salir de casa, preocupada pensando en la quimio y sus atrocidades me vino a la mente la herramienta que me brinda Magdalena mi psicóloga, de hacerse la pregunta frente a un problema: "¿qué es lo peor que te puede pasar?"
 -Bueno, me dije muy risueña: "lo peor que me puede pasar es que me hagan quimio" y de pronto me cayó la locha por tercera o cuarta vez en pocos días... "-No, lo peor que te puede pasar es morirte, pendeja-" gritó una voz en mi interior. Luego en el carro, manejando, pensé, (llegando a sus últimas consecuencias en este ejercicio macabro y tremendo) que lo peor que podía pasarme además de morirme era perderme de ver a mis hijos crecer y hacerse grandes. -Oh, sí, esto es verdaderamente lo peor- me dije con lágrimas en los ojos, mientras me sorbía los mocos.
Estos días, mis dos pequeños de 5 y 7 años brincan y saltan felices a mi alrededor, y yo los veo entre ajena y conmovida, y cada abrazo o beso tiene una doble connotación. Mis pichurrines que me enseñaron la expansión total del amor, la incondicionalidad perfecta de la maternidad, el derroche de paciencia y humor y amor y ternura infinita en la que una se convierte. Un antes y un después. Me recuerdo serena y mamá añosa, pasando la etapa de teteros, pañales y tetas con el sudor de mi frente y 42 años maduritos y enteros.
Si, lo peor que puede pasarme es morirme y que no participe en el pequeño y gran acontecimiento de sus vidas. Así que bajo esta nueva perspectiva, la idea de la radio o la quimio y el temor que me causan, pasan a un segundo o un tercer plano bien justificado. Que se me caiga el cabello. Ya me he visualizado pelona frente al espejo. Que me quede la cabeza como nalga de bebé. Ya inventaré pañuelos, pelucas o mostraré mi cabeza calva si me atrevo, pues como he podido constatar, lo imaginado nunca es tan terrible como se imaginó...

lunes, 9 de enero de 2012

EL CARTERO LLAMA DOS VECES


Y como las casualidades no existen, el texto que toca para hoy tiene que ver con el mejor regalo que pude recibir esta Navidad: mi mamá transcribió todas las cartas que le envié cuando viví en Italia (¡y son muchas!), las encuadernó en dos grueso bloques y me las entregó envueltas en papel de regalo bajo el título "Cartas de Ravenna". Y aunque guardaba copias de muchas de ellas, tenerlas en forma de "casi un libro" y transcritas por ella, cambia completamente el orden de las cosas.
¡Oh, si, mi madre-solo-hay-una me devolvió un buen tajo de pasado, todo junto, todo hermoso, delineado por el ímpetu de mis letras! Comenzó su ardua labor antes de saber sobre mi enfermedad y la siguió silenciosamente luego, los meses restantes...y éste 24 de Diciembre cuando mi mejor regalo es justamente degustar el momento presente, ella me entrega este regalo sorpresivo y aleccionador. 
Lo que está escrito en ellas es tema para otro blog... pero el hecho es que la lectura de estas cartas que datan del año 89, cuando el cartero pasaba por las calles con su bolso lleno de sobres vivos, me ha sumergido en el pasado como quien da brazadas en el porvenir. Los primeros días del año me causan una particular emoción, porque me siento estrenando un traje, y parece que todo se pudiera llevar a cero, y limpio los rincones de la casa, y boto lo viejo, y saco a la luz lo que estaba olvidado en el fondo. Enero es un mes pequeño y silencioso porque comienza como tarde, como en pausa, pero tiene esa brillante cualidad del estreno. Así que regresar a lo que una vez fui hace veinte años es una lección de vida, pero más que eso, es una muestra contundente de lo que el pasado puede amasar en el porvenir.  Y ahora, el trozo que tocaba para hoy, para que vean que las casualidades no existen: "Cartas van, cartas vienen"



CARTAS VAN, CARTAS VIENEN
Siempre, toda mi vida, me encantó el género epistolar. Desde pequeña escribí cartas que mandaba por correo (ese antiguo, que atravesaba  verdaderas distancias, con sus aromas encerrados en un sobre y una flamante estampilla sellada en su exterior) y tuve mis largas amistades con gente que no llegué nunca a conocer personalmente. Luego, los años que viví en Italia, escribí hermosas cartas, y guardé copia de todas, las recibidas y las enviadas, a mi familia y amigos. Esas cartas descansan atesoradas en sendos cartapacios que son prueba fidedigna de la vida vivida y recuerdan cosas que yo misma no puedo recordar.
Desde que internet hizo mella en mi alma, las cartas dejaron de ir y venir,  y los emails sustituyeron sobres y hojas papel cebolla escritas a máquina. Ya no guardé, ni imprimí, ni fotocopié esas cartas, que dejaron de ser atesoradas para perderse en la nada absoluta de la memoria absoluta del nuevo Dios Google. Pero no por eso dejó de apasionarme este género, ahora trastocado por la inmediatez y el uso de palabras inauditas y hasta a veces inventadas, mayúsculas, colores, cadenas y muñecos que bailan a ritmos frenéticos.
Misteriosamente estos primeros días de lucha, sólo he podido llamar a pocas y muy contadas personas. El teléfono me parece incómodo para contar, y simplemente no me queda fuerza de ánimo repetir la historia archiconocida para mí. Pero mi blackberry ha resultado útil y algo enfermizo para comunicarme por email, por donde sí puedo contarle a mis amigos más queridos lo que estoy enfrentando. Estas conversas me han ayudado y acompañado para sobrellevar los días, y hacen vapor en mi corazón. Especialmente con Caruca, una titiritera con quien comparto hermandad desde hace unos años, y Muchi, mi hermana de la poesía. Ambas viven lejos, una en España y la otra en EEUU, y con ambas comparto una extraña suerte de “telepática conexión”, como si estuvieran muy cerca y nos entendiéramos sin que medie la comunicación ordinaria de en qué anda la otra.
Así ocurrió con Caruca, a quien intenté escribir, pero visto que el email se devolvía y como ella está de madre primeriza con un bebé de tres meses, pensé que era una señal de que no debía contarle nada. Sin embargo recibí una hermosa carta ajena a mi historia,  que me hizo llorar de emoción y entrega:
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¿Como estas mi querida Sonia?
Por aquí obligándome de buen gusto a nuevos comienzos (…) Una amiga me escribió esto:
Mujeres que corren con los lobos (libro):
“Dicen que todo lo que nosotras estamos buscando, también nos busca a nosotras y que, si nos quedamos quietas nos encontrará. Es una cosa que lleva mucho tiempo esperándonos. Cuando llegue, no te muevas. Descansa. Ya verás lo que pasa a continuación.” (…)  “Deseo que hoy experimentes paz en tu interior, que confíes en que te encuentras exactamente donde has de estar, que no olvides las posibilidades infinitas que nacen de la confianza en ti misma y en otras, que utilices los dones que has recibido y que transmitas a otros el amor que se te ha dado. Deseo que estés feliz contigo misma por lo que eres. Deja esa sabiduría asentarse en tus huesos y deja a tu alma cantar, bailar y querer libremente. Está aquí para cada una de nosotras”.
Caruca
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Hola mi querida Caruca, como si me leyeras la mente, he intentado escribirte varias veces, pero el correo se ha devuelto (…)Tengo cáncer de mama... ¿qué te parece? La noticia la he recibido hace cuatro días, aunque estoy detrás de esto desde hace unos meses, pero la verdad siempre me he sentido una mujer sana, a prueba de todo, así que es como si mi cuerpo no pudiera enfermarse. En fin, que yo esperaba los resultados tan tranquilamente, que la última noticia que esperaba recibir era la de "tienes dos quistes malignos”. (…) Estoy serena, con fuerza, he tenido mis momentos de tristeza infinita, y de llanto, pero estoy parcialmente entera... Gori ha sido un verdadero pilar estos días, se ha portado amorosamente, y me apoya en todo. Los niños ajenos a la historia. Y mi familia conmigo (...)
Y bueno, qué decir. Mis grandes amigos, todos lejos, tú, Danilo, mi amiga que vive en EEUU, la gente de Naku, en fin... todos me acompañan desde lejos. He tenido algunas conversaciones contigo, sin que medie siquiera la palabra, visto que se devolvían los email, y también tú me has acompañado estos días.
(…) Pronto tejeremos sueños, mi amiga, juntas otra vez. (…)  así que de seguro todo esto es apenas un paso, una puerta compleja y difícil, un ajuste nada más. Dios no puede ser tan tonto de amarrarme ahora a asuntos tan físicos, cuando queda tanto trabajo por hacer, tantos sueños por construir, y tantos programas por crear para tanto niño en el mundo con ganas de ver lo que tenemos para dar.
Sonia
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 Hola mi niña:  ME HE QUEDADO MUDA. Leí tus palabras ayer, me quedé petrificada,  y lo he vuelto a releer hoy con más calma.  Tienes cáncer de mama  y  muchas posibilidades de que todo salga bien....de que los centinelas hayan hecho su trabajo...de que te quiten la teta y listo! de que te la reconstruyan y …yoquesé, eres bellísima con o sin tetas.
No sé que decir, me gustaría que me sintieras cerca, porque lo estaré, más consciente que hasta ahora...me gustaría estar contigo en tu armario, sin hablar, como una camisa sin botones. Dejarnos llorar y reconocer la fortaleza que tienes y que necesitas para afrontar todas esas pruebas.
La maternidad es compatible con la hermandad, no lo olvides.  Veremos cómo van los siguientes pasos. No quisiera empezar a contarte los casos de conocidas que salieron del cáncer de mama, pero SON MUCHAS!! Todo saldrá bien!, tiene que ser así. Ánimo y más besos.
La lectura del "nuevo escritorio" es conmovedora e intensa, haces que nos pongamos en tu piel, joder! me daban ganas de agarrar a esas enfermeras desalmadas y...no sigo con burradas, que no arreglo nada. Te quiero mucho
AQUÍ ESTOY mi vida
Estaba pensando...que cuando enciendo la chimenea (aunque no haga frío),  ese fuego con todos sus aromas tiene un poder reconfortante que siempre me sorprende. Hace las cosas más llevaderas y posibles. Intentaré ser una pequeña llamita para tí, te acompañaré no sólo de pensamiento...pondremos a prueba tu black berry última generacíón.
Caruca
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¡Gracias Caruca! Las palabras son fuego para mi alma. Me dan luz, y abren mi espacio de fe, y me acompañan. El diálogo y hasta el soliloquio de "esas llamitas negras" que pueden correr a miles de kilómetros de distancia (gracias a estos aparatos) y llegar al mismísimo cuenco de la mano, son prueba fidedigna de que somos "almáticos", y como tantas veces en la vida cotidiana eso se pone en duda, es reconfortable cada vez que surgen iluminaciones milagrosas. Así que "-¡llamas a mi!" como decía uno de los cuatro fantásticos. Tu logras una hoguera a través de internet con tu chimenea a distancia. (..). ¡¡Te iba a proponer que me fueras cosiendo un pezón de telas entrejidas y pegadas!! ¡¡Jajaja!! Seguro que me lo haces bien, con tus ocurrencias de materiales humanos. ¡Tal vez al doctor le parezca una buena idea, surcirme un pequeño ojo-de-títere-en-la-teta!! (Bueno, hay que hacer humor con esto porque sino se hace todo demasiado denso...)
¡¡Gracias por acompañarme!! Estaré feliz de tenerte encendiendo el fuego de tu chimenea de vez en cuando para que llegue a mi teléfono.
Sonia

lunes, 26 de diciembre de 2011

Resiliencia

Es Navidad, así que antes de colgar el post que toca para hoy ("Al descampado", un fragmento que habla muy por encima de un tema complejo que tal vez más adelante me atreva a profundizar: la mirada de los otros cuando se tiene o se ha tenido cáncer) saco a la luz una palabra difícil de pronunciar, pero enormemente productiva cuando se la usa en la vida cotidiana: RESILIENCIA. Se trata de la transformación positiva de la adversidad. Es un término que proviene del latin "resilio" y significa "saltar hacia arriba". Y como la literatura de autoayuda ha inundado los anaqueles de las librerías y la gente acude a ella con la certeza o el deseo de haber comprado "una buena pildora" para su mal, se pueden encontrar seguramente muchos libros sobre este tema, pero nada mejor para ejercitar la resiliencia que vivirla... experimentarla... sufrirla... y probar sus frutos. ¡Oh, sí, maravillosos frutos! 
La adversidad, vivida como una oportunidad de cambio, puede estar llena de momentos gozosos. A mí me pasó. Lo veo ahora, pasados unos meses, cuando rememoro lo vivido o releo los textos escritos en esos días duros. El cambio da  miedo pues lo desconocido causa zozobra. Pero qué bueno cuando una mata se mueve, pues además de hojas y ramas pueden caer frutos inesperados. Si se está atento, con las manos abiertas, con la mente serena y receptiva, las manos se llenarán de algo bueno.
La cena de Navidad de este año fue especial para mi, porque una de las grandes cosas que me trajo el cáncer de mama fue la capacidad de disfrutar a la plenitud el instante en el que vivo. Y bajo esa premisa, nunca nada fue tan dulce, tan suave, tan brillante, tan especial como el momento en el que estoy. Los ojos de mis hijos me brindan sus chispas. El abrazo de mi esposo se transforma en pilar. La voz de mi madre es un techo. La visita de mi hermana me causa conmoción. Y la familia toda, reunida en torno a una mesa, es disfrutada, querida, amada.
Uno de los frutos que en esta meneada de mata el árbol me donó fue que al comprobar mi propia vulnerabilidad y al atreverme a mostrarla sin tapujos, era aceptada, e incluso mecida o abrazada. Fue tan liberador vivir eso, no sólo de la mano de la familia, sino también a través de muchas otras personas. Así que en esta Navidad, brindo por la vulnerabilidad de todos los seres y por la libertad que ella otorga.





AL DESCAMPADO

Ayer teníamos la verbena  del colegio de los niños, así que todo el día estuvo supeditado a esa actividad. Mi humor decayó mucho en la tarde y sin ganas del bullicio, las caras de madres conocidas, el ajetreo de correr de los colchones inflables a los carritos de helado, me fui a mi labor. Con la cara ausente iba sirviendo de nana, y se me cruzó la directora del colegio con quien tengo una gran amistad. Ante su pregunta de cómo estás, le conté rápidamente lo que me estaba pasando, y ella, con lágrimas en los ojos que no pudo contener, repitió las palabras de fuerza y aliento que he recibido a borbotones esta semana y que ya, por efecto de repetición, me suenan un tanto huecas. Pero me recordó que una maestra del colegio había pasado por esto, la señaló, y ella estaba allí, tan cerca, que me tentó la idea de contarle y hacerle preguntas. Mi esposo había repetido que debía llamar a fulana y a fulana, quienes ya estaban curadas y que sería bueno que hablara, en fin, que me pareció que así cumplía rápidamente con esta “tarea”. Así que allí mismo me acerqué a ella, le conté todo en dos patadas, y comencé con mis preguntas. Ella se mostró abierta, sincera, y dispuesta a responder todo lo que le preguntaba. Mi gran miedo es que me hagan radioterapia (y en este momento era tal mi desinformación que no sé cuál es la diferencia entre quimio y radio) y se me caiga el pelo, como a ella se le había caído, y pasar por eso.

Hoy me doy cuenta de que hasta ayer, yo pensaba que mi cáncer no era cáncer… quiero decir, que los tumorcitos son tan pequeños y están en grado 1, así que es como si no tuviera nada. Que soy una súper mujer y esto será pan comido para mí, y que me van a quitar el seno y eso ya es un golpe bastante fuerte, así que aquí se acabará toda la historia.
Escuchándola a ella contarme lo duro que fueron los ocho meses de quimio, fui cayendo en cuenta del horrible animal peludo y alado que volaba sobre mí. A ella no le quitaron el seno, y sin embargo, tuvo que pasar por el largo proceso de quimio. Se le cayó todo el pelo (¡todo!). No había pensado que si se cae el pelo de la cabeza se cae el pelo del pubis también, (¿acaso sólo tenemos pelo en la cabeza?)  y el de las cejas, y a veces casi todas las pestañas. Me contó lo endemoniadamente fuerte del tratamiento. Lo mal que se sintió. Los cambios de carácter, las náuseas, los mareos, los vómitos…  De pronto ella se contuvo y acotó “no te quiero asustar, pero tampoco te voy a mentir”. Y yo, haciéndome la macha, continué unos minutos la conversa.
Con tanta información nueva en mi cabeza, rondando alucinadamente entre brincos y saltos de los niños, lo que quería era tirarme en la grama a llorar. Luego, en la verbena, la chica estaba bailando en la clase abierta de aeróbics, y esa imagen que podía llenarme de luz -porque finalmente es una chica viva que pasó por todo, y es ahora una chica feliz y plena  bailando frente a mí-, no me reconfortaba en lo absoluto. En su momento, cuando me enteré  por lo que ella estaba pasando, la miraba con lástima. Recuerdo cuando llevaba su peluca, y yo intentaba desviar mi mirada y pensaba con pena “pobrecita la profe de Daniel”. Y ahora tengo que buscar recursos y herramientas para que esa mirada de los otros posada en mí, -aún solo los otros más cercanos, lo íntimos a quienes les he contado la noticia- no me queme, ni me estorbe, ni me desaliente. La mirada de lástima que viene por instinto, la que se va sola cuando vemos a alguien sin un pie, sin un brazo, sin una parte del cuerpo, la mirada que se escapa y no tiene vergüenza porque el morbo puede más y qué pena honda la que siento… es una mirada que desconozco y me perturba, me asombra y me llena de incomodidad. 

jueves, 8 de diciembre de 2011

HISTORIA DE UNA HISTORIA



Finalmente me decido a compartir esto que he escrito hace unos meses. Lo haré en voz muy baja, susurrando en las paredes, para que .como en el cuento del pastor que tenía que guardar un secreto y no podía- la voz se riegue de junco en junco, de flauta en flauta, sin que yo misma me de cuenta.
Se trata de la historia de un cáncer de mama: el mío. Lo he compartido con muy pocos amigos, pero ahora tal vez sea momento de compartirlo con más. Yo misma, en su momento, busqué y rebusqué por internet historias que pudieran ayudarme a pasar por el trance de aceptarlo, ahogándome en la inmensa cantidad de información y leyendo con lágrimas en los ojos los pocos blogs de algunas mujeres que se atrevieron a contar su historia.
No sé hasta dónde llegue, pero "atodopecho" fue la única dirección lógica que conseguí para mi blog.
Comienzo desde el principio, y cuelgo la primera cosa que escribí, a los pocos días de enterarme.

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UN NUEVO ESCRITORIO
A cuatro días de la noticia, el peor momento es cuando despierto y una tristeza infinita me embarga. Es una tristeza espesa y al mismo tiempo se siente como un manto sobre todo mi cuerpo. Las emociones son varias, y se van mezclando y superponiendo durante el día.
La tarde en la que el doctor Pozo me dio la noticia, agradecí la nueva y extraña forma de su consultorio. El doctor se había mudado de piso hacía poco tiempo, trastocando el modo en el que suelen ser los espacios de consulta. Para sacar mejor provecho del lugar, eliminaron el escritorio típico (ese en el que el paciente se sienta frente a un escritorio y detrás se encuentra un doctor) colocando la mesa pegada a la pared. Así, esta nueva forma ofrecía dos sillas vacías al abrir la puerta y el doctor allí, sentado a un lado, como si se tratara del consultorio de un psicólogo o algo parecido. En la cita anterior a la de la terrible noticia, el doctor estaba enredado con el computador, y yo -que esta vez había acudido sola- me senté también algo confundida sin saber dónde colocar la cartera. Esa situación de "sentarse sin barreras" me pareció nueva y al principio incómoda, pero pronto pensé: "no, está bien esta nueva disposición. Ayudará a muchos pacientes a sentirse en confianza". Entonces tampoco me veía como "paciente", pues esa condición te coloca en minusvalía y la sola palabra ya te deja un hueco de poder, en la simple "espera" y sin derecho a pataleo.
A esta segunda visita a su nuevo consultorio llegué acompañada de mi esposo, así que ambas sillas fueron ocupadas, y la cartera tuvo que yacer en el suelo (cosa que no hago por superstición). "Bien, acostumbrémonos a esta nueva fórmula doctor-sin-barreras" me dije. Me acordé de los doctores en Estados Unidos que no te dan ni un abrazo, ni te tocan, ni te miran a los ojos y agradecí que en Venezuela las cosas no fueran así. El doctor Pozo es agradable, elegante y relativamente joven. Siempre me sentí tranquila y confiada con él. Tiene una voz cálida, pausada y segura cuando te explica las cosas. Sin embargo esta vez, con el resultado sobre sus rodillas, y con la misma voz cálida y segura, me dijo que no tenía un buen resultado en sus manos. Luego pasó a explicar en términos médicos y accesibles y yo intenté asimilar rápidamente todo aquel torrente de información cayendo en cascada. Recuerdo ese momento como si algo se hubiera detenido y yo pudiera ver un poco como sobrevolando la situación. Me dije "guau, Sonia, te tocó vivir algo grave". Mi marido comenzó a preguntar, pero lo vi más cuerdo y coherente que nunca, pues los médicos y las situaciones de enfermedad lo estresan mucho. Yo también hice preguntas que ahora no recuerdo, pero poco a poco esta situación de "no tener un escritorio frente al médico" me hizo sentir abierta, en confianza y debo decir que... entregada. Desde el primer momento me entregué al camino sin rumbo que me tocaba en la ruleta de la vida y escuché tan bien como pude toda la información que el doctor pacientemente me daba. Agradezco la calidez de su voz, las palabras de aliento, pero también de tierra cuando me dijo "esto es un proceso largo, y tienes que poner toda tu energía en esto. Será incómodo, duro y a veces difícil." Hizo un montón de órdenes médicas para practicar exámenes de rutina y volvimos a otra ronda de preguntas. La cosa que más me golpeó fue pensar que me tendrían que quitar el pezón, no solo la mama, pues había visto fotos de tetas reconstruídas sin el pezón y siempre me habían parecido como un rostro sin ojos: una cosa horrenda. Explicó que el pezón se reconstruye también en varias etapas y con otra parte del cuerpo, así que supongo que sí, me tocará estar sin ojos en el rostro del pecho al menos un tiempo. Finalmente me dije: "una cosa a la vez, no puedo con tanta información, ya va".
Me dio consejos útiles como que no escuche todo lo que dice la gente, pues para bien o para mal la gente comenzará a bombardearme con cuentos y eso puede resultar a veces agobiante, aunque sea para contar que a fulana todo le salió bien. También me desaconsejó hurgar en internet, donde hay toneladas de información sin procesar y podría asustarme o confundirme y nunca tranquilizarme. Nos despedimos sin escritorio de por medio, y esta imagen de una habitación sin barreras fue buena y humana para mi recuerdo. Finalmente nos quedamos en la vida con las porciones de pasado que queremos, y esta nueva etapa que me tocaba tendría en su puerta lo que se sintió como "una cálida conversación entre amigos" y no como "un doctor que te da una mala noticia". Qué extraño, pero la mala noticia estuvo desde un principio y debo decir que me cayó como un balde de agua fría -he dicho a algunos amigos que "me caí de un plátano"- pero llena de esperanza y de calidez y de fe a la vez. La imagen de mi esposo sereno haciendo preguntas, y la mía un poco más perdida pero también serena, la cartera abandonada en el suelo y el doctor explicando con tanto cariño y paciencia todo, me plantó de una vez en una situación "almática", como si de pronto la mente hubiera dejado de existir.
Bien... ¡Sintamos! Se trata de sentir, pues... Aquí voy, me entrego a esto. Haré mi tarea lo mejor posible, es la parte práctica donde debo concentrarme bien -y me enseñaron desde pequeña a ser una alumna cumplida, recta y en el fondo sumisa, una alumna que quiere hacer bien su tarea y punto-, pero nadie te prepara para enfrentar todo tipo de tareas. Yo me he jactado siempre de ser " una persona completamente sana". Tengo la cicatriz en mi vientre por el nacimiento de mis hijos. Bajo las axilas no hay rastro de la única operación de mi vida que fue para "ponerme pecho" y acomodar de un solo tajo la autoestima con un método quirúrgico, hace casi catorce años cuando cansada del rumbo de mi vida y sobre todo "despechada" después de un desplante amoroso, le puse nombre a mi deseo y planté dos hermosas tetas que quedaron estupendamente naturales. De resto, escribo siempre en los interrogatorios médicos: "no soy alérgica" y debo tachar o colocar "no" en todas las filas de preguntas que siguen. Pero nadie me preparó para responder a los cinco o seis cuestionarios que me ha tocado responder a diario estos tres días. ¡Qué extraño!. Mi mano tembló cuando escribí por primera vez "cáncer de mama" y me sentí completamente avergonzada, porque no pasaba la prueba. "Cáncer de mama",- ¡caramba! Te estás portando mal pequeña…- me dijo una voz interior.